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miércoles, 12 de junio de 2013

La cara ‘humana’ apareció hace un millón de años

 
El niño de Nariokotome - etapas de la reconstrucción facial forense. Foto: Wikipedia.

Hace al menos un millón de años, “un señor X” se paseó por este planeta con una cara similar a la suya. A la de usted, que está leyendo estas líneas. La cara moderna, esa con un perfil plano en el que sobresale la nariz, apareció hace al menos un millón de años en algún lugar entre el este de África y el sur de Europa, según sugieren nuevos datos recién publicados por científicos de España y EEUU.

La clave de la afirmación está en un hueso del centro de la cara desenterrado en 1994 en el yacimiento de la Gran Dolina de Atapuerca, en Burgos. El hueso, un maxilar, perteneció a un chaval que vivió hace unos 900.000 años en la zona .

 Según el equipo de Atapuerca, el chico, de unos 11 años, fue asesinado durante un ataque de una tribu rival. Lo mataron, cortaron su carne con una piedra afilada y se lo zamparon. En la cultura de los de su especie, los Homo antecessor, el canibalismo era la forma de decir “tú y los tuyos no sois bienvenidos en este territorio”.

Si aquel suceso hubiera ocurrido hoy, la fotografía en la prensa del chico asesinado y devorado nos conmovería. Su cara era “suficientemente moderna como para pasar prácticamente desapercibida en un tren lleno de gente”, según el antropólogo Timothy Bromage, de la Universidad de Nueva York.

Bromage, junto a un amplio equipo que incluye a los tres codirectores de los yacimientos de Atapuerca y a la paleoantropóloga María Martinón-Torres, ha comparado el maxilar del chico asesinado en la Gran Dolina con el maxilar de otro célebre chaval fósil, el niño de Nariokotome, un Homo ergaster de unos nueve años que vivió hace 1,5 millones de años en lo que hoy es el lago Turkana, en Kenia.

Una goma de borrar hueso

Los autores recuerdan que el moderno rostro humano se diferencia del de los primeros miembros del género Homo en que nuestro perfil es relativamente plano. Técnicamente, los científicos lo denominan perfil ortognato, del griego orthos (recto) y gnathos (mandíbula): un perfil plano en el que sobresale una nariz. En cambio, los primeros Homo y nuestros primos los chimpancés son prognatos, con la mandíbula y el maxilar salientes hasta el punto de formar una especie de hocico.

“Hemos estudiado la dinámica del crecimiento facial. Un hueso no es estático. Hay unas células que depositan hueso y otras que destruyen hueso”, explica José María Bermúdez de Castro, codirector de Atapuerca. “En el cráneo de un niño actual casi todo es deposición ósea, porque está creciendo a un ritmo brutal, pero hay una excepción en la zona de debajo de la nariz, donde hay resorción ósea [eliminación de hueso]”, explica el paleoantropólogo. Al microscopio, es sencillo distinguir si un hueso fósil crecía o decrecía. “Hemos visto que, como sucede en los Homo sapiens, los Homo antecessor presentan esta resorción ósea debajo de la nariz”, añade el investigador.

Sin embargo, esta goma de borrar hueso que cincela el perfil humano por debajo de la nariz está ausente en el niño de Nariokotome, 600.000 años más antiguo. En su caso, el hueso crece hasta formar una especie de hocico, según sugiere Bermúdez de Castro. “Su patrón de crecimiento facial es similar al de los primeros miembros del género Homo y al de los Australopithecus”, afirman los autores en su estudio, recién publicado en la revista PLoS ONE.

“El señor X”

“Hace por lo menos un millón de años apareció el señor X, como le llamamos nosotros, con una cara moderna, que estaría asociada a una mayor capacidad craneal, de más de 1.000 centímetros cúbicos, y a un desarrollo dental moderno”, hipotetiza Bermúdez de Castro. Todos esos rasgos están presentes en el Homo antecessor, una especie de momento sólo identificada en Atapuerca.

Ese “señor X” es, a juicio del paleoantropólogo, “el origen de la humanidad moderna”. ¿Y quién fue ese señor X? “Todavía no lo sabemos, porque hablamos de una época muy oscura, hace un millón de años, con pocos restos fósiles”, admite.

En su opinión, ese señor X con cara moderna pudo surgir a partir de los africanos Homo ergaster o incluso de los Homo georgicus, que vivieron en la actual Georgia hace 1,8 millones de años. “De momento, los fósiles de Homo antecessor hallados en la Gran Dolina de Atapuerca son lo más parecido que conocemos a ese señor X”, asegura Bermúdez de Castro.

“Los procesos de crecimiento facial por sí solos no crean una anatomía facial que podamos considerar moderna”, matiza Timothy Bromage. Su equipo, de hecho, ya identificó este crecimiento facial característico de los humanos modernos en una especie de homínidos que vivió hace entre 2,5 millones y un millón de años: los Paranthropus. Pero estos homínidos primitivos no contaban con un segundo factor importante para presentar una cara moderna: un cerebro de gran tamaño. Su capacidad craneal se reducía a 500 centímetros cúbicos, la mitad que la de los Homo antecessor.

 

Fotos: Izquierda: Vista lateral de KNM-WT 15000 (Homo erectus/ergaster); Derecha: Vista lateral de ATD6-69 (Homo antecessor). Tenga en cuenta las diferencias en la proyección facial y en la topografía del maxilar.

 Un cerebro de gran tamaño

“Ahora sabemos que cuanto mayor sea el cerebro, más se retraen las mandíbulas por debajo de los lóbulos frontales del cerebro. Esto significa que la región de la frente es mucho más visible en los Homo antecessor que en los Paranthropus o incluso en los Homo ergaster”, señala Bromage.

“Como mínimo, podemos decir que los mecanismos de crecimiento facial y el incremento del tamaño del cerebro en los Homo antecessor están integrados para crear en esta fecha temprana una cara humana más moderna que cualquiera que hayamos visto antes en cualquier otra especie fósil”, añade.


Fuente: http://terraeantiqvae.com

viernes, 11 de mayo de 2012

La mano humana se asemeja a la de los primeros homínidos


Restos del pulgar de un simio fósil de Castell de Barberà. La fila superior son diferentes vistas de una falange distal parcial. La fila inferior son las de una falange proximal. Imagen: Sergio Almécija / ICP.

Un nuevo estudio ha descubierto que tener un pulgar largo es una condición primitiva. Los primeros homínidos ya tenían un pulgar relativamente largo, como el de los humanos. En cambio, los simios actuales (que son más grandes que los fósiles) son los que han evolucionado más en este aspecto, al alargar la mano y reducir la longitud del pulgar para poder colgarse de los árboles.

A partir de nuevos restos del pulgar de un simio fósil del yacimiento de Castell de Barberà (Barcelona), los investigadores del Instituto Catalán de Paleontología (ICP) Sergio Almécija (actualmente en el Museo Americano de Historia Natural), David M. Alba y Salvador Moyà-Solà publican una investigación que compara la morfología de la mano de los humanos con la de los grandes simios actuales, y con la de diferentes especies de simios fósiles.

El trabajo, que se publica esta semana en la edición on line del American Journal of Physical Anthropology, se centra en el dedo pulgar, y concluye que tener una mano ligeramente corta con un pulgar relativamente largo es una característica primitiva que ya estaba presente en los simios extintos.

Tener un pulgar largo no estaría directamente relacionado con la evolución de una motricidad fina de las manos, como la que caracteriza a los humanos, sino a la capacidad de los simios fósiles de poder agarrarse a las ramas de los árboles de forma segura mientras caminaban.

No fue hasta más tarde que los simios desarrollaron adaptaciones para la ortogradía (la posición erecta del tronco) que permitió a algunos desplazarse colgándose de las ramas de los árboles (desarrollando manos largas con pulgares cortos) y a los ancestros de los humanos desarrollar el bipedismo. Gracias al hecho de caminar sobre las extremidades inferiores, las manos fueron liberadas en cuanto a la locomoción, y los humanos pudieron sacar el máximo provecho del pulgar para manipular objetos.

El pulgar largo es una adaptación primitiva

En general, los primates presentan unas manos para adaptaciones basadas en la locomoción y en la manipulación. En algunos casos, el pulgar no juega un papel importante en los desplazamientos, pero siempre cobra importancia en las actividades de manipulación. Esto hizo pensar durante mucho tiempo que el largo pulgar de los humanos era una adaptación evolutiva ligada a la capacidad de hacer cosas con las manos.

Sin embrago, el estudio muestra que tener un pulgar largo es una condición primitiva. Los simios fósiles del Mioceno (los primeros homínidos) hace entre 10 y 13 millones de años ya tenían un pulgar relativamente largo, como el de los humanos. En cambio, parece ser que los simios actuales (que son más grandes que los fósiles) son los que han evolucionado más en este aspecto, al alargar la mano y reducir la longitud del pulgar para poder suspenderse bajo las ramas.

Referencia

Almécija, S., Alba, D.M. & Moyà-Solà, S. (2012). "The Thumb of Miocene Apes: New Insights From Castell de Barbera (Catalonia, Spain)". American Journal of Physical Anthropology.
DOI: 10.1002/ajpa.22071

Fuente: tendencias21.net

viernes, 20 de abril de 2012

El día que nos pusimos en pie


Ánxel Vence Perito en ciencias casi ocultas como la paleoantropología, el profesor Charles Musiba ha llegado a la convicción de que el ser más o menos humano se puso en pie por primera vez en Tanzania, hace de esto unos 3.700.000 años. Musiba, un tanzano que ejerce la docencia en Estados Unidos, basa su hipótesis en las pisadas que alguien dejó en el suelo del lugar de Laetoli por esa época y que la lava de un volcán ha preservado hasta hoy. Quizá no sirva de mucho, pero estamos a punto de conocer la fecha en la que nuestra especie echó a andar sobre los dos pies.

Musiba quiere montar un museo y acaso obtener unas subvenciones a cuenta del hallazgo, aunque lo importante es que las huellas encontradas en Laetoli sean anteriores a Lucy, la homínida hasta ahora considerada nuestra más antigua ascendiente. Si se confirmasen las sospechas del investigador tanzano, la humanidad habría dado sus primeros pasos en posición erecta unos 500.000 años antes de lo que se pensaba.

Mucho tiempo parece ése si se tiene en cuenta que los hombres luchaban hace apenas siglo y pico por mantenerse en posición erguida frente a otros individuos de su misma especie empeñados en sojuzgarlos. Tal se deduce, al menos, de la estrofa «Arriba, parias de la Tierra; en pie, famélica legión» con la que los revolucionarios del XIX trataban de galvanizar a los proletarios para que rompiesen las cadenas de la servidumbre. No es que los currantes de la época anduviesen en posición canina, naturalmente; pero no resulta menos verdad que trabajaban en condiciones de humillación lo bastante graves como para que el hecho de ponerse en pie fuese algo más que una simple metáfora. Algo que, por desventura, vuelve a suceder hoy.

Por parecidas razones, sostiene Musiba que también fueron la dureza de la vida y las extenuantes condiciones laborales del Paleolítico las que obligaron a los homínidos de entonces a levantarse del suelo. El cambio climático ejercía ya en aquella época sus efectos, de tal modo que nuestros antepasados los primates tuvieron que adaptarse a vivir en un terreno escaso de árboles a los que subirse para huir de las fieras. «La dureza de la vida en Laetoli nos puso en pie», concluye Musiba.

La hipótesis del profesor tanzano no es sino una aplicación de la teoría de la adaptación de las especies popularizada en su día por otro Charles más famoso, de apellido Darwin. De acuerdo con las teorías darwinistas, las especies no sólo se diversifican por mera adaptación al medio ambiente, sino que van mudando también sus características para enfrentarse a un entorno hostil. Más o menos eso es lo que habría forzado a los recontratatarabuelos de nuestra estirpe a ponerse en pie: ya fuese para transportar herramientas con los brazos, ya para forjar utensilios y armas, ya para otear el horizonte desde una mayor altura.

Cualquiera que fuese el motivo -y Musiba da algunos muy razonables-, lo cierto es que la capacidad para andar con las dos extremidades inferiores no es en modo alguno exclusiva del ser humano. También se sostienen sobre dos patas las gallinas, los veloces avestruces y los pajarillos del bosque, sin olvidar a los ya extintos dinosaurios del Jurásico. Y, a diferencia de nuestra especie, no han adquirido la enojosa costumbre de disparar sobre las demás, sean bípedas o cuadrúpedas. Aunque eso no pertenezca al dominio de la paleoantropología en el que se mueve felizmente el profesor Musiba.

Fuente: lne.es